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El palacio del Emperador era el más espléndido del mundo, todo él de la más fina porcelana, tan precioso pero tan frágil que había que extremar las precauciones antes de tocar nada. -¡Pues ordeno que venga aquí esta noche a cantar para mí! -Pero el libro donde lo he leído me lo ha enviado el poderoso emperador del Japón -dijo el Soberano-; por lo tanto, no puede contener falsedades. Finalmente dieron en la cocina con una pobre moza, que dijo: -¡Dios mío, el ruiseñor! Todos se dirigieron al bosque, donde el ruiseñor solía cantar; media Corte formaba la expedición. Cantó treinta y tres veces la misma melodía, sin cansarse en absoluto.

En el jardín abundaban las flores más preciosas, y de las más maravillosas pendían campanillas de plata que tintineaban para que nadie pudiera pasar ante ellas sin observarlas. Los cortesanos querían oírla de nuevo, pero el Emperador opinó que también el ruiseñor verdadero debía cantar un poco. Nadie se había dado cuenta de que, volando por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque. -dijo el Emperador; y todos los cortesanos lo llenaron de improperios, y tuvieron al ruiseñor por un pájaro extremadamente desagradecido. -dijeron-, y el ave artificial hubo de cantar de nuevo, repitiendo por trigésima cuarta vez la misma canción; pero como era muy difícil no consiguieron aprendérsela.

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-preguntó el ruiseñor, que creía que el Emperador estaba allí.

Y el Director de la Orquesta Imperial escribió veinticinco volúmenes sobre el pájaro mecánico; eran tan largos y eruditos, tan llenos de las más difíciles palabras chinas, que todo el mundo afirmó haberlos leído y entendido, porque no les creyeran tontos y les dieran patadas en el estómago.

En medio del gran salón donde se sentaba el Emperador, había una percha de oro para el ruiseñor.

Las flores más exquisitas, dispuestas con sus campanillas, habían sido colocadas en los pasillos; las constantes carreras de los cortesanos por los corredores, para que todo estuviera en su punto, producían tales corrientes de aire que las campanillas no cesaban de sonar y no podía oírse ni la propia voz de uno.

Bien sabe Dios que he quedado bien recompensado -y reanudó su canto con su dulce y melodiosa voz. -dijeron todas las damas; y se fueron a tomar un buche de agua para gargarizar cuando alguien hablase con ellas; pues creían que de esta forma también ellas podían parecer ruiseñores.

Last modified 08-Sep-2017 22:04